Tantos años después, mi vida es distinta, sin que haya corrido ni un rio de tinta. Cambio de afectos, de efectos, de muda, de vistas, de sonidos, de olores y de dudas. Nuevas perspectivas, dolor contenido, echas en falta a kilos y llorar entre las mantas. Vuelta a reconocer amigos entre los amigos, conocidos entre los amigos, mindundis a ignorar.
Y la vida que sigue su curso, su empeño en envejecernos, su constante dar lecciones magistrales a alumnos que, como yo, estamos en pañales.
Ahora que sé que puedo aprender tanto de mis hijos, que entiendo mi falsa grandeza y mi gran fortaleza, ahora que me hago grande porque entiendo mi pequeñez, noto que se me pasa la vez.
Y me gustaría vivir eternamente.