El valor de quien no tiene nada que perder, se contrapone al miedo de los que tienen mucho o al de los que dan mucho valor a lo poco que tienen. Entre estos dos extremos transcurren todo un elenco de ideologías que finalmente están condicionadas por el mayor o menor aprecio a lo que poseemos. Aceptar de verdad y no de cara a la galería, que las cosas no son importantes y solo las personas lo son y actuar en conciencia sin dejarnos influir por lo que puedan pensar los demás, es empezar a ser libres. En momentos difíciles, si confiamos en nosotros, en nuestro juicio, debemos actuar y decidir fieles a nosotros mismos, sin condicionantes, enfocados en hacer lo mejor de acuerdo con aquello en que creemos. Es humano equivocarse y rectificar pero aunque resulte duro convivir con el arrepentimiento por haber hecho algo mal, nada duele tanto como el haber dejado pasar la oportunidad de decidir o hacer lo correcto, por falta de libertad. Y es que el valor de la libertad no tiene precio. Para todo lo demás, vivir sin compromiso social.
sábado, 3 de septiembre de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)